lunes, marzo 28, 2005

Páginas de mi diario


18 DE DICIEMBRE. Hoy hace una semana que comenzaron a llegar ángeles al jardín de mi casa, montones de ángeles, legiones enteras como las que aparecen en los retablos cristianos, como las que describen los obispos en sus homilías o Dante en su “Commedia”. Bajan batiendo sus alas, levantan remolinos de polvo y hojas secas y se posan sobre la jacaranda y en las ramas del pirul. No hablan, no se mueven, no parece importarles el cuchicheo de mis vecinos ni esa manera, casi hostil, con la que los observan; simplemente se recorren para hacer sitio a los nuevos ángeles que a cada tanto llegan y luego vuelven a permanecer quietos, ajenos e imperturbables. No son de gran tamaño: con las alas extendidas medirán a lo sumo medio metro y, de los pies a la cabeza, unos treinta centímetros. En siete días han colmado el jardín de mi casa: por la ventana de mi cuarto entra una luz azulosa, un resplandor del mismo tono que el de las plumas de estos ángeles.
Sé que este fenómeno es muy raro, que los ángeles, hasta donde las crónicas ilustran, jamás vienen a la Tierra y menos con el fin de pararse sobre los árboles como si fueran una pandilla de vagos sin oficio ni beneficio. Sin embargo, su presencia no es lo más extraño; a lo que en verdad no encuentro sentido, por más vueltas que le doy, es al hecho de que estén en el jardín, pues yo no tengo ningún jardín; es más, a lo que llamo ampulosamente “ mi casa” es un departamento ubicado en un segundo piso, adonde no existe otra vegetación más que una nochebuena un tanto marchita que sobrevive en su maceta desde el año pasado. Y tampoco es posible que de un modo alegórico hable de “mi jardín” refiriéndome a un solar con árboles que domine desde alguna ventana de mi casa, pues todas mis ventanas dan a un cubo de luz; más bien oscuro, por el que baja el sol de vez en cuando hasta la azotehuela cubierta de cemento, y allí ni por casualidad hay nada, a no ser por unos tanques de gas que envenenan constantemente el aire de mi departamento.
Sin embargo, allí están los ángeles llenando de parte a parte el jardín de mi casa: tanto el pirul como la jacaranda están cuajados de angelitos inmóviles.
20 DE DICIEMBRE. Por lo visto los ángeles ya no caben en el jardín, pues hoy encontré varios en el tubo de la cortina de baño. Estaban al alcance de mi mano y no pude reprimir el deseo de tocarlos: son blandos y fríos, manchan los dedos con una sustancia azul similar al talco y, al parecer, tienen las cosquillas en los mismos lugares que nosotros, pues estuve haciéndolos reír.
La franqueza de su intromisión me decidió a plantear el asunto a mi esposa: Oye, Beca, le dije, ¿No has notado que hay ángeles en el jardín? Ella volteó sorprendida y me preguntó: ¿En el jardín? Bueno, respondí, en el departamento…¡ah!, sí, ya me había dado cuenta, ayer aplasté uno al sentarme en el sofá; pero no le pasó nada. La naturalidad con que despachó el tema para recordarme que esa noche tendríamos invitados, más que desconcertarme, me contagió. Total, pensé, que tiene de particular que haya ángeles en el departamento: lo extraño en todo caso es que los haya en el jardín. La mañana transcurrió como de costumbre, salvo que al ir a ducharnos me dije: ángeles o no ángeles, estos intrusos tienen cara de pícaros, y los cubrí con una toalla mientras nos bañábamos.
Durante la cena yo estaba inquieto. Había ángeles por todos lados: en los huecos del librero, en los respaldos de las sillas, encima de los platos, pisando la nochebuena; sólo faltaban en la conversación y yo me referí a ellos: ¿Ya se dieron cuenta, dije a los invitados, la cantidad de ángeles que hay en la casa? ¿Y te lo parece?, comentó uno de ellos como poniendo en duda que fueran muchos y, luego de ver a uno y otro lado agregó: No creo que pasen de cien; parecen muchos, pero se debe a que el departamento es chico. Ante esa respuesta consideré prudentemente no insistir en que había más en el jardín, y la velada siguió sin que nadie se preocupara por los ángeles, ni siquiera cuando uno revoloteó sobre la mesa, pescó con ambas manos la botella de vino y se empinó lo que sobraba en un rincón de la cocina.
21 DE DICIEMBRE. Los ángeles me tienen vuelto loco: cometí la imprudencia de preguntarles qué hacían en mi casa y llevan más de seis horas cantando a coro sin parar. No entiendo lo que dicen: las frases musicales son armoniosas, no lo niego, pero a no ser la palabra “jardín”, lo demás me resulta inintelegible.
Están interfiriendo en mi vida: vencieron las ramas del pirul y de la jacaranda, han embarrado las paredes y los muebles del departamento con su polvo azul y, ahora, para colmo, no dejan de cantar. Llevo días sin poder concentrarme.
26 DE DICIEMBRE. No he podido escribir nada. No quiero cantar victoria, pero me da la impresión de que la plaga de los ángeles ha comenzado a disminuir.
28 DE DICIEMBRE. ¡Viva! Hoy no encontré ni un solo ángel en el departamento y eso que busqué hasta debajo de la cama.
31 DE DICIEMBRE. Extraño el jardín…

Oscar de la Borbolla.

6 Comments:

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